Testamento Espiritual

MADRE MA. TERESA BOTELLO URIBE

Primera sucesora de la Sierva de Dios Madre Ma. Inés Teresa Arias

El veintiocho de julio del año dos mil dos, siendo las diecisiete horas con veinte minutos, en el Hospital Villa Stuart, en la ciudad de Roma, entregó su alma al Padre, en el Hijo por el Espíritu Santo de manos de María Santísima, a quienes amó siempre con ternura  y  devoción, nuestra amada  Madre Superiora General Ma. Teresa Botella Uribe, después de una dolorosa  enfermedad con la que selló heroicamente su vida  de entrega como pan partido para todos los que tuvimos la dicha de haberla encontrado en nuestro camino.

Nació  en  Buenavista  de Cuéllar, Guerrero, el 4 de octubre de 1928, hija del Sr. Francisco Botello Figueroa y la Sra. Trinidad Uribe Velasco,-hermana del San David Uribe Velasco canonizado por su santidad Juan Pablo II el 21 de mayo del Año Jubilar 2000-.

Se bautizada en la parroquia de San Antonio de Padua, en Buenavista, Guerrero, el 8 de octubre de 1928 con el nombre de María Teresa.

Formada en sólidas virtudes cristianas sintió el llamado a la vida religiosa y cuando conoció a la sierva de Dios, madre María Inés Teresa arias, decidió ingresar con las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento, el 21 de agosto de 1950, en la ciudad de Puebla de Los Ángeles, México.

Tomó el hábito de novicia el 16 de abril de 1951 también en la ciudad de Puebla. Hizo su profesión temporal en Cuernavaca, Morelos, hermanos de la madre Fundadora, en 2 de febrero de 1953 y sus votos perpetuos el 4 de mayo de 1958 e inmediatamente nombrada por la madre Fundadora, maestra de novicias en Cuernavaca, Morelos.

En 1959 es nombrada Victoria general, cargo que confirmó el primer capítulo general en 1961. Continuando con este servicio hasta abril de 1982 en el que fue elegida por todo el capítulo general extraordinario, como superiora general, primera sucesora de la Fundadora, madre María Inés Teresa arias, sierva de Dios.

Fue fiel a sus votos, a su vida consagrada y a su misión específica de ser apoyo incondicional de la madre Inés y continuadora fidelísima de su obra misionera, a pesar de tantos dolores, sufrimientos en incomprensiones. Con una fortaleza extraordinaria busco en todo momento cumplir la voluntad de Dios al estilo de la sierva de Dios, abandonando se confiada en las manos paternales de Dios y en la fiel compañía de la santísima Virgen de Guadalupe a quien amo con ternura y devoción.

Esa voluntad la hizo recibir en sus hombros la delicada herencia que la sierva de Dios le dejara, la cual aceptó generosamente con todas sus consecuencias sabiendo que la llevaría sin duda a la Cruz de Nuestro Señor.

Ésa santísima voluntad de Dios la hizo recorrer kilómetros y kilómetros por todo el mundo para confortar y confirmar en la fe y en la vocación al rey bañito que Nuestro Señor le había confiado: misioneras clarisas, Misioneros de Cristo Iván clarisas paréntesis (sacerdotes y laicos misioneros). Continuó fielmente la extensión de la obra misionera en aquellos lugares que la madre María Inés había expresado el deseo de fundar: Corea, Alemania, Rusia, india, impulsando a cada una de las misiones existentes y estas nuevas hacia metas cada vez más altas de santidad.

Se distinguió en las siguientes virtudes: un amor por sobre todas las cosas Dios Nuestro Señor, a la Santísima Virgen y a la Santa Madre Iglesia, especialmente al Magisterio personal del Santo Padre. Rectitud y fidelidad a su vocación, al carisma de la Madre Fundadora y a toda la congregación. Una caridad exquisita ante el dolor humano que se transformaba en ardiente se lo misionero como hija fiel de su Fundadora.

Su mano firme y enérgica unida a su corazón maternal y compasivo ante las flaquezas humanas; su amor por la verdad, por la abnegación, por el trabajo incansable en los asuntos de la congregación, hicieron de ella una persona de extraordinaria riqueza humana y sobrenatural que se transformó en donación continua para toda la familia misionera.

Con qué fidelidad y amor promovió e impulsó la fundación de los Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal que había iniciado la Madre Inés en los últimos años de su vida. Así como el apoyo espiritual que brindó a los sacerdotes diocesanos que desean compartir y vivir la espiritualidad Inesiana.

Con decisión y empeño trabajo por llevar adelante la causa de canonización de la sierva de Dios María Inés Teresa Arias hasta preparar la apertura del tribunal de un supuesto milagro.

Durante el Año Jubilar se propuso buscar hasta encontrar la imagen de la Santísima Virgen de Guadalupe que un 12 de diciembre de 1930 manifestará a la madre María Inés la promesa de acompañarla en todos sus pasos si Dios le llamaba para las obras de apostolado. El 12 de diciembre de 2001 -clausura de nuestro Año Jubilar- bendijo esta imagen de la Virgen de la promesa su Eminencia, el Cardenal José Saraiva Martins, Prefecto de la Congregación de la Causa de los Santos, en la capilla de la casa general, haciendo realidad un anhelo de todas las Misioneras Clarisas desde muchos años atrás.

(El 12 de diciembre de 2002 se efectuó la “Coronación Pontifical” como lo había deseado la madre María Teresa Botello, por S.E. el Card. Francis Arinze.)

Considerándose siempre pequeña y un instrumento inepto, vivió la humildad y sencillez, pero sin dejarse amilanar por las dificultades o fallas: “¡Adelante siempre adelante con la Cruz!” Solía repetir en medio de los problemas inherentes a su cargo y al caminar dinámico de la congregación. Ante las continuas pruebas que el Señor permitió en su camino, supo sacar mayores bríos para seguir luchando y reconocía en éstas la mano providente del Padre Celestial.

Abandonada continuamente a la voluntad de Dios, expresaba: “a ver qué nos da Dios” y gustaba repetir la oración de “Padre, me pongo en tus manos” con especial unción, al estilo de la madre Inés.

Realizó con inmenso sacrificio su último viaje a Oriente: india, Indonesia, Japón, Corea, a pesar de su mina de salud, sabiendo que en esto dejaba su vida: “Iré a ver a las hermanas de Oriente aunque me muera” -decía la Madre-. Y así fue, pero dejó encendido en aquellas comunidades el fuego de los anhelos misioneros de la Madre Fundadora, quedando todas las hermanas muy edificadas por el esfuerzo heroico de la Madre General.

Se durmió en el Señor, habiendo recibido todos los auxilios espirituales en un acto de amor en las manos de Dios y de la Santísima Virgen, como hija fiel de la Iglesia y de la congregación de las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento.

Habiendo terminado su vida temporal en la inmolación de sí misma, gastada y desgastada en continuar la obra que por designios de Dios la madre Fundadora depositó en sus manos, sabiendo de quién se fiaba (2Tm 1,12), llegó el momento de exclamar allá en el fondo de su corazón:

“Nada me resta por hacer, he hecho todo lo que tú has querido. Combatido he con valor, he concluido la carrera, nada me resta sino aguardar la corona que me está reservada”. (2Tm 4, 6-8).

Estas palabras de San Pablo se las ganó nuestra amada superiora general, madre María Teresa Botello Uribe por su fidelidad al carisma de nuestra congregación de misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento, por su celo, a veces incomprendido, al buscar en cada miembro de nuestra familia Inesiana la ascensión a la santidad, por velar por las obras y su crecimiento, con el solo fin de la gloria de Dios al extender su reino hasta el último confín de la tierra.

Presentación

Cuando el día 6 de julio de 2002, antes de salir para los viajes misioneros, lleve la comunión a la madre María Teresa Botello Uribe, ya muy enferma en la clínica, quiso ella celebrar también el sacramento de la unción de los enfermos. A decir verdad, no me imaginaba que, a los pocos días de esta celebración (el 28 de julio), Jesús la llamaría para “cantaré eternamente las misericordias del Señor”.

En la breve conversación que tuvimos, se mostró muy contenta por la situación ejemplar que había encontrado en las comunidades visitadas, y también muy solicitada por el bien de las hermanas enfermas y ancianas, que ella llamaba “el tesoro de la congregación”. Expresó su deseo de qué, en las conferencias, que ya estaban programadas en Cuernavaca, en el Distrito Federal y en Monterrey, se explicara el tema de la Eucaristía, para aprender hacer “pan partido” como Jesús. Era el tema más a propósito para preparar las celebraciones del año 2004 (centenario del nacimiento de M. Inés Teresa Arias).

Aquellos días de julio los pasé, pues, explicando el tema del Eucaristía, aplicándolo a cada grupo en particular: laicos, diáconos, sacerdotes, religiosas, profesas, novicias, vanclariastas, misioneros… La clave del “pan partido” me abrió nuevos horizontes: la presencia de Jesús en la Eucaristía transforma nuestra vida en relación personal con Él y con los hermanos; en sacrificio de Jesús en la Eucaristía hace de nuestra vida una oblación sacerdotal al Padre, en el Espíritu de amor, para el bien de los hermanos; la comunión sacramental nos hace vivir en sintonía con los sentimientos y amores de Jesús hacia el Padre y hacia los hermanos; el encargo y misión de celebrar la Eucaristía equivale a la humanidad entera según el mandamiento del amor.

El domingo 28 de julio (2002), hacia las 10 de la mañana (hora de México), el Santo Padre celebraba la santa misa en Toronto, durante la Jornada Mundial de la Juventud. En Cuernavaca, algunos estábamos pendientes de esta celebración por medio de la televisión. Hacia las 10.20 (17.20 en Roma), dejé la reunión para preparar la celebración eucarística de aquí el domingo, con la que finalizaría la asamblea de los vanclaristas. Nuestra Eucaristía empezó a las 11, en el preciso momento en que se nos comunicó, la noticia de que había fallecido madre María Teresa Botello. Tal vez fue la primera Eucaristía que se celebró por su eterno descanso.

Al llegar a Roma, después de los viajes misioneros, y leído la transcripción de las conferencias que madre María Teresa había impartido durante los años 2001-2002, en el decurso de sus visitas a las diferentes casas. En este texto, que brota del corazón y sin adornos, encuentro lo que fue realmente madre María Inés Teresa arias y lo que madre María Teresa quería vivir y contagiar a todos: “ser pan partido para todo el mundo”. Es la frase que el cartel. Eduardo Pironio pronunció el día 22 de julio de 1981, ante el féretro de la Madre Fundadora.

Éstas conferencias son un testimonio de la continuidad del carisma y de la entrega incondicional a la obra misionera emprendida por madre María Inés. La madre María Teresa no quería sino contagiar a todos de la doctrina y vivencia de Nuestra Madre.

La idea clave de estas conferencias es precisamente la de ser “pan partido”, equivalente a hacerse donación y entrega, por medio de un servicio incondicional, ejemplo de Jesús lavando los pies de sus discípulos. Sólo así se aprende a celebrar la caridad con los mismos rasgos de Jesús. La vida comunitaria no sería posible sin hacerse pan partido y sacrificado, pero a migajas y sin reservas, pedacito a pedacito, en los servicios más humildes y sin pretensiones, para que todos los componentes de la comunidad se sientan felices de su vocación misionera.

Sólo así se arrastra a los demás a la santidad y se hace de la comunidad un espacio de santidad, de misión y de felicidad, como cielo anticipado. El futuro nuevo comienza ahí, contemplando el Rostro de Cristo mientras se da, a migajas despedazadas y sacrificadas por amor.

El espíritu eucarístico de ser pan partido, no sería posible sin el “Fiat” de María. Entonces la ovulación se hace participación en el sacerdocio de Cristo y en su misma misión. Es el espíritu eucarístico, mariano, sacerdotal y misionero, qué corresponde al carisma que madre María Inés Teresa arias alegado a toda su familia misionera.

Por este servicio de ser “pan partido”, Madre María Teresa ha cumplido el ideal a que aspiraba Madre Inés Teresa áreas, compartiéndolo con toda su familia misionera: “el premio del amor es la posesión eterna del AMOR, ahora me encuentro inundada de Él, nadie me lo podrá arrebatar, amaré por fin a mi Dios tanto como lo he deseado, sin miedo a contestarlo, ni perderlo. Él será mi posesión y yo seré suya para siempre jamás… porque todo LO SUYO ES MIO”. La misión, pues, continúa, porque “la misionera después de muerta, derramará sobre la tierra las rosas de sus favores” (Lira).

Mons. Juan Esquerda Bifet

Prólogo

Con gran alegría y gratitud al Señor quiero entregarles a todos los miembros de nuestra querida Familia Inesiana esta conferencia que la madre María Teresa Botello Uribe dirigió en cada una de las regiones en sus visitas del Año Jubilar de la congregación. Pienso que estaremos de acuerdo en considerar estas hermosas reflexiones que condensan admirable mente nuestro espíritu y espiritualidad, como un testamento espiritual de la madre María Teresa quien, como nos decían en una homilía de las misas de cuerpo presente, ella es una prueba palpable de qué el camino de Nuestra Madre María Inés, seguido fielmente, lleva a la santidad.

Al leer y meditar detenidamente estas reflexiones que ha querido compartir con nosotros, descubriremos que habla de su propia experiencia, de la vivencia personal del carisma de Nuestra Madre en fidelidad y amor, renunciando continuamente a sí misma para presentarnos siempre a María Inés Teresa, abnegando se como verdadero “pan partido”, “migaja de pan”, para ser esa persona dispuesta a escuchar, a compartir el sufrimiento, el gozo, las preocupaciones de cada uno de nosotros.

Así la vimos siempre y fuimos testigos de cómo se fue dejando moldear por el Espíritu Santo, como la fue llevando por ese camino de la Cruz en el desgaste de cada día por llevar adelante a toda nuestra familia misionera. De manera muy especial en sus últimos viajes, desde Nigeria (enero 2001) hasta Corea (mayo-junio 2002) en que como auténtico holocausto se fue consumiendo hasta no quedar nada; lo entrego todo hasta poder decir como San Pablo: “… no me resta nada por hacer”.

Bendigamos a Dios, hermanas y hermanos por esta gracia, la de haber sido testigos de esta donación y vayamos viendo y saboreando los frutos de esa “abundante cosecha” que viene de la muerte de una religiosa Santa, como nos dice Nuestra Madre en el último capítulo de la Lira del corazón.

Tomemos en cuenta que esta conferencia está escrita en lenguaje coloquial, ya que está sacada de una grabación y quisimos respetar al máximo sus expresiones. Estoy segura de que a todos nos ayudará a renovar nuestro entusiasmo en la entrega misionera, nuestros anhelos de llegar a la santidad en esta espiritualidad Inesiana, a cada uno según la identidad de la propia vocación, en el lugar en el que el Señor por su infinita misericordia nos tiene trabajando por la extensión de su Reino.

Contamos con la poderosa intercesión de la Santísima Virgen de Guadalupe, que por algo llamamos “Virgen de la Promesa” Y con la ayuda de nuestra amada madre Fundadora María Inés Teresa arias, cierva de Dios y de la querida madre María Teresa Botello como consolidadora del carisma, que son dos fuertes pilares para el crecimiento de nuestra familia Inesiana para la gloria de Dios y salvación de muchas almas.

Roma, 1º de octubre, fiesta de Santa Teresita del Niño Jesús, doctora de la Iglesia y patrona universal de las misiones.

Julia Meijueiro

Misionera clarisa vicaria general

Testamento espiritual pan partido para los demás

1. No será propiamente una conferencia, sino más bien un compartir el espíritu y la espiritualidad de la familia Inesiana. Y voy a empezar, si les parece bien, con el espíritu Eucarístico; espero que podamos ver mariano y sacerdotal. El espíritu misionero y la comprendido en todos ellos.

2. Al ver el espíritu eucarístico me parece que todos estaremos de acuerdo en que para Nuestra Madre la Eucaristía fue mucho más que embeleso y fuerte impulso a la adoración, a la contemplación, a la oración; para ella la Eucaristía fue todo esto, sí, pero tuvo su culmen en un impulso irresistible a la misión en fuerza sin límites de entrega, de donación total.

3. Hoy quisiera que lo viéramos desde este aspecto: donación, entrega, abnegación.

4. Empecemos, para estar bien centrados, en cómo preparó Cristo el momento de darnos la Eucaristía. Cristo fue donación desde que llegó al mundo, precisamente en la liturgia de navidad escuchamos: “he aquí que vengo a cumplir tu voluntad” (Cf. Hb 10,7); fue donación siempre. Pero la Eucaristía, cómo la preparó, para mí fue en un momento de servicio ejemplar, de servicio de aniquilación, de servicio de siervo de servicio de esclavo. Jesús entró, encontró a sus discípulos, cogió una jofaina, como la llama el evangelio, se levantó la túnica, se colocó la toalla y fue de rodillas lavando los pies de sus apóstoles de uno en uno y besándoles los pies (Cf. Jn 13, 4-5).

5. “Lo que he hecho con vosotros, hacerlo vosotros entre vosotros mismos” (Jn 13, 15), todos recordamos el pasaje evangélico, por eso no vi necesario leerlo, sino sólo para introducirnos en la Eucaristía. Ese fue su acto preparatorio, de donación completa, de aniquilamiento, de igualdad, de humildad absoluta. Ya una vez terminado aquel acto de amor, dijo: “lo que he hecho con vosotros hacerlo entre vosotros mismos” (Jn 13,15).

6. ¿Qué es pues la Eucaristía?, la entrega total. Todos hemos leído una meditación de Nuestra Madre que tiene en sus cuadernillos en donde dice: “no pudo elegir materia más vulnerable, materia más pobre para entregársenos, que un pedacito de pan”. Llega ella hasta decirnos que si las hormigas o qué sé yo, algún bicho entrar al tabernáculo, en un momento daba cuenta de una presencia, de una presencia real en Eucaristía.

7. Nuestra Madre en un trozo de una de sus meditaciones de ejercicios espirituales sobre la Eucaristía, del capítulo 13 de San Juan, dice: “Jesucristo en la última cena. Su discurso lleno de unción, de ternura, de bondad; son las últimas recomendaciones que hace a sus discípulos; cómo están impregnadas, saturadas de amor, de compasión, de súplica. No parece sino que quisiera meter, por así decir, sus últimos consejos en el fondo del alma, para que cuando el falte, seguían por ellos; sean sus normas, sean su custodia…”

8. Nos vamos a imaginar, queridos hermanos y hermanas, sí, la última cena, pero sobre todo los apóstoles, como en algún momento nos dice Nuestra Madre también, atónitos, consternados. Nuestro Señor había dicho muchas cositas que no se les entendía del todo; apesadumbrados, y ahora, ¿qué irá decir?, ¿qué irá a pasar? Nos los vamos a imaginar a los apóstoles y al Señor como Nuestra Madre lo va describiendo…

9. Por eso, guión y voy a ir metiendo y mezclando de todo, y ustedes me perdonan, de verdad se los pido, no he preparado nada, con ustedes lo voy a ir construyendo- en la santa misa, cierto, cuando el Padre dice, que extiende las manos, la epíclesis, que le llaman, de la Misa, extiende las manos e invoca al Espíritu Santo que baje sobre el pan y sobre el vino. Nuestra Madre misma nos lleva a contemplar en ese momento, porque no es otra similitud, la Encarnación del Verbo. En ese mismo momento bajo el Espíritu Santo y se encarnó; en ese momento bajaba el Espíritu Santo y convierte las ofrendas en el mismo Jesucristo, así como lo depositó en el momento en este momento en las entrañas de la Santísima Virgen.

10. En ese acto, que a veces nos pasa desapercibido, y es tristísimo que en una misa nos pase desapercibido ese momento. Es toda la misa, Porque desde que empezó, la palabra de Dios y demás; pero hay momentos culminantes de la Eucaristía. En ese momento, sí, se encarna en el pan y el vino, completito como lo fue en el seno de la santísima Virgen -iba yo al momento de la consagración-, dice: “tomó el pan en sus manos santas, consagradas”, etc., etc.

11. Es cierto, Nuestra Madre nunca nos dijo, nunca nos dio normas ni para hacer oración, ni para hacer adoración; si nos pedía que fuera de rodillas la adoración, eso sí. Pero, por ejemplo que diga “tengan las manos juntas, etc.”, nada. Decía: “a cada alma le pide el Señor”, pero a mí sí me cuestiona cuando el Padre está en la consagración y nosotros estamos distraídos o con la cara agachada y cubierta con las manos sin poner atención al momento. “Después tomó el cáliz…”, Pero ya nosotros nos quedamos en no sé dónde… ¿ustedes creen que los apóstoles estaban así? ¿cómo estarían?: “a ver, ahora qué cosa va decir, otra palabra…” Y ellos la meditaba en en su corazón y la cogían, ¿me explico?

12. Sin embargo muchas veces estamos nosotros con la cara tapada… Sí, comprendo que es devoción y que también nos quedamos estupefactos ante el acto, pero yo pienso que los apóstoles nada, no estarían así en su última cena; estarían tratando de entender, tratando de descubrir lo que allí estaba realizando el Señor.

13. Y continúa Nuestra Madre: “nunca hablo más hermoso del Salvador del mundo que en la intimidad de esa última noche, cuando se despide de sus hijos, de sus muy amados, y aquellos que le habían seguido a pesar de las hostilidades que encontraba el divino Maestro en todas partes, tanto de fariseos, como de los ancianos y de las sectas que no querían aceptar su doctrina.

14. En su noble frente, espejo de la divinidad, asiento de la sabiduría, brillan, con singulares resplandores destellos de cielo; se reflejan los sentimientos de su corazón traspasado de dolor, ansioso por comunicar a los suyos su propia paz; por eso les dice: “no se turbe vuestro corazón; creer en Dios, creed también en mí”.

15. Como que ya sabía el abandono en que lo iban a dejar y le dolía la deserción de todos: creer en mí no se escandalicéis por lo que me va a suceder. Angustias paternales que sumen al maestro en la amargura que más tarde derramará en copioso sudor de sangre, en Getsemaní.

16. Señor, yo he comprendido, a la medida de mis pobres fuerzas, y lo he sentido contigo, estas angustias, estas nostalgias, este sentir y ver que se acerca del enemigo y quiere arrebatar la grey. ¡Cuánto duele! Gracias porque me permites algunas veces acompañarte en esta desolación, en esta amargura, en este piélago de incertidumbres. Pero todo es tuyo, en ti confío; no te pido que apartes de mí el cáliz, sino solamente que me des fuerza para beberlo hasta las eses; dispuesto estoy hacer tu voluntad; no quiero otra cosa que es lo que tú quieras; confío en tu Padre; ve que no ha sido vana en mi pobre alma tu palabra. “Creed en Dios, creed también en mí”.

17. Sí, dulcísimo Jesús, creo en ti por encima de todas las vicisitudes, a pesar de todas las amarguras, a pesar de que parece que la débil barquilla naufraga, se hunde, se va a pique. ¿No eres poderoso para levantarla de su abatimiento? ¿Ya se acabaron para ti los milagros? ¿No puedes hacerlos, tal cual los necesita la Obra para tranquilidad de los espíritus, para bien de las almas, para el desarrollo de tu misma Obra? -esto ya lo adivinamos, en qué tiempo lo estaba diciendo-. Mira que tu amante Madre te dice: “no tienen vino “; que se dispongan a llenar las hidras de la pobre agua de nuestros deseos, de nuestros anhelos, para que tú las conviertas en el vino precioso que engendra vírgenes, que te glorifiquen en el tiempo y en la eternidad.

18. Nos dices que hay muchas moradas en la casa de tu Padre y que si no las hubiera, ya nos lo hubieras dicho; nos aseguras que vas allá a prepararnos un lugar.

19. Sólo un amoroso Padre como tú, dulce y simo Jesús, puede hablar en esos términos, cuando los últimos momentos se acercan de dejar el mundo. ¡Vas a prepararnos un lugar! Y cuando lo hayas preparado vendrás para colocarnos junto a ti, en esa gloria conquistada por tu sacratísima humanidad para ti y para todos estos pobres desterrados hijos de Eva.

20. Enséñame a ser como tú, dulcísimo Jesús, qué no piense en mí misma jamás, que mis intenciones, mis cuidados, mis amores, sean para las almas que tú me has encomendado. ¡Sálvalas!

21. Que allí donde me llevas a mí, a tu lado, a tus eternas moradas, estén también ellas, todas, sin que me falte ninguna. Tuyas eran y me las diste, yo quiero volverlas a ti como una casta virgen engalanada para su Esposo.

22. Enséñame a formarlas, enséñame a corregir sus defectos, a elevar las hasta tu corazón, para que, sin salir de ese divino asilo, pasen, como tú, haciendo el bien. Ah, sí Señor, te lo pido con gritos del alma, con la angustia de la madre que teme se descarríen sus hijitos. “Ah Señor, en ti confío, a ti te los confío “.

23. ¿De quién hablaba Nuestra Madre?, de las almas que Dios le había encomendado, de todos y cada uno de nosotros.

24. “Para desarrollar todo este sublime discurso de la última cena se necesitaría escribir un libro, ya que cada concepto, cada palabra, cada consejo del divino Salvador se presta a ¡tantas y hermosas reflexiones!

25. Como temiendo que, con el tiempo, se olvidasen los suyos del camino a seguir, el único camino verdadero, seguro, que lleva al cielo, les dice a sus apóstoles: Yo soy el camino, la verdad y la vida, pero nadie puede ir al Padre sino por mí. ¡Llévanos al Padre. Que tu evangelio meditado, comprendido, amado, practicado por ti y en ti, nos lleve al Padre celestial, a cantar el eterno magníficat de gloria y alabanza a la Beatísima Trinidad!” (EE. p.478-480).

El que quiera venir en pos de mi, niéguese a sí mismo, tome su Cruz y sígame

26.  ¿Por qué fuimos a la Eucaristía?, ¿por qué quise que entráramos a la Eucaristía?, precisamente por el acto de aniquilamiento, por el acto sublime de humillación de nuestro Señor? Es por esto, porque quisiera yo que durante nuestro Año Jubilar -Y toda nuestra vida- fuéramos a la Eucaristía así como fue ella. Y como nos la describe el Cardenal Pironio en su homilía de cuando estaba Nuestra Madre de cuerpo presente; más que la homilía de la misa, cuando viniendo el inmediatamente -pues dimos el aviso a la Sagrada Congregación para los Religiosos de la que él era el Prefecto, de qué había muerto nuestra Fundadora- entró en la capilla y con gran humildad se arrodilló ante el cuerpo de Nuestra Madre, y después de un silencio hizo esta oración:

27. “Señor de la Eucaristía -lloraba como un niño- tengo la seguridad muy grande de qué la vida de madre Inés, su vida, es también un pan partido para el mundo entero. Jesús, tú eres la resurrección y la vida, concédenos a nosotros vivir con alegría, con serenidad y una fortaleza muy grande la Pascua definitiva. Ella, Señor, la madre, ha salido de este mundo al Padre, ha celebrado su Pascua, ha celebrado tu Pascua Señor, su Pascua definitiva. Te damos gracias porque nos la diste como madre, te damos gracias por el don de su vida, te damos gracias por su carisma para la Iglesia, te damos gracias también, Señor, porque ella en el gozo de la Trinidad celebra hoy su Pascua y te ve a ti su amado, te ve a ti cara a cara. Ella también es así, pan, pan que se dio, pan que se da para el bien de sus hijos y para un mundo nuevo y entero; que sigamos sus ejemplos Señor, que su vida sea para nosotros todos como un surco abierto por donde caminemos en la esperanza hasta llegar al encuentro definitivo en la casa del Padre. Te lo pedimos a ti, Jesús Pan Eucarístico para todos, te lo pedimos por María a quien ella, la madre, tanto amor y que es Nuestra Madre. Tú, Cristo que con el Padre vives en la unidad del Espíritu Santo por los siglos de los siglos “. (Card. Eduardo Pironio)

28. A eso quisiera que entráramos en nuestro Año Jubilar y como le sigo, en toda nuestra vida; que nuestra adoración, que nuestra contemplación, que nuestras Eucaristías, John pero deveras como un firme propósito para no volver la cara a otro lado- sean una invitación, una decisión, un propósito firme de ser pan partido para el mundo. Pan partido que quiere decir, ni siquiera un pan entero para ti, para él o para mí; un pan partido, ¿Qué significará esto? ¿Tendríamos algo en contrario? ¿O alguna idea nueva sobre esto que dijo el Cardenal Pironio que fue Nuestra Madre, pan partido para todos? Partido que se dio a migajas.

29. La vida en nuestras comunidades nos brinda muchas ocasiones que nos da la posibilidad de expresar la invitación de Jesús de lavarnos los pies unos a otros. Oportunidades como estas, pequeñas y grandes, desde la atención a situaciones de cansancio, sufrimiento, malestar y soledad. ¡Atención!, ¿para qué?, para que no nos cojan esas situaciones desprevenidos, ¿me explico? No se niega a que las tendremos; no se niega que tengamos esas situaciones en la vida de comunidad. Pero… Atentos a ello, atentos, que no me cojan desprevenido. Vengamos a aplicarnos personalmente estas reflexiones que he tratado de compartirles.

30. La vida en nuestras comunidades nos brinda muchísimas ocasiones que nos da la posibilidad de practicar y hacer vida este propósito: ser pan, ser pan partido para mis hermanas y hermanos, expresando al mismo tiempo el mandato de Jesús, hacer vida esto: “lavar los pies unos a otros “.

31. La vida de comunidad nos brinda muchas ocasiones que nos dan la posibilidad de expresar esta invitación al servicio, al servicio humilde, al despojo total, como el de Cristo. Atención a situaciones de cansancio y de sufrimiento, de malestar y de soledad, atención a los gestos sencillos del servicio durante las comidas, de las faenas comunes de la casa. Atención a la ayuda en la animación de los momentos de oración y de disponibilidad para sostener la fidelidad y el proyecto de la presencia comunitaria que necesita de alguien para seguir siendo significativa en su ministerio apostólico.

32. Atención a esos momentos comunitarios, cuántas veces dependen de ti esos momentos comunitarios, ¿somos conscientes de ello? Cuántas veces depende de ti ese momento, positivo o negativo, ¿no lo hemos experimentado? Si yo estoy de mala gana, si yo estoy cerrado en mí mismo, si no quiero compartir, …Recuerda: arrodíllate, levántate a la túnica, inclínate frente a tus hermanos y lávales los pies para llegar al momento de ser pan partido para todos.

33. Vayamos a detalles de nuestra vida comunitaria, repito, una situación de cansancio, de enfermedad, de fastidio, tal vez por lo mismo… ¡atención!, que a mí me pueden llegar a estas situaciones, que puedo estar viviendo estas situaciones, que no me cojan desprevenido, porque si yo las estoy viviendo: cansancio, enfermedad, alguna tristeza especial… Si yo las estoy sufriendo, no tienen mis hermanos porque sufrir las conmigo. No se niega que tendremos estos momentos, estas situaciones, pero ¡atentos a ello!, qué no me sorprendan. No hacer víctimas a mis hermanos de esta situación, y si ellos los están sufriendo, comprenderlos. Puedo sufrir los yo, pero también puedo ser yo quien vea, y quien compruebe que alguien más los está sufriendo.

34. Es el momento, es la invitación oportuna de “lavarnos los pies” unos a otros. Y¿cómo puedo yo lavar los pies en el momento en que veo alguno de mis hermanos en esta situación?… perdonando, sabiendo perdonar, sabiendo disculpar, o bien estando muy atento para ayudar a aquella hermana o aquel hermano en ese momento, a que supere esa situación de cansancio; casi no nos fijamos nosotros en esto… Nos fijamos en la ayuda de caridad, pero en esos pequeños detalles que tal vez pueden ayudar a algún hermano a superar un momento difícil por el que está pasando, nos pasa desapercibido muchas veces.

35. En cuantas ocasiones “lavar los pies” puede ser callar, animar, pedir disculpas, servir. ¿se entiende?, el servicio. ¿se acuerdan de Nuestra Madre que dice: “me ha tocado a mí, ser el alma de los pequeños servicios?” Pero estos servicios se deben hacer con gracia, con naturalidad, como que me ha tocado a mí ser el alma de los pequeños servicios, me ha tocado en suerte.

36. La vida comunitaria, como les digo, nos brinda muchísimas ocasiones que nos dan la posibilidad de expresar esta invitación al servicio, al servicio humilde, al despojo total como lo hizo Jesús en el lavatorio de los pies… Atención a esos gestos sencillos en la comunidad. En la congregación será mucho, gracias a Dios, esa atención a los pequeños detalles, fuimos enseñados por Nuestra Madre, pero… Que no nos pasen desapercibidos, que no los dejemos pasar, que no los vayamos descuidando… Gestos sencillos, durante las comidas o en las faenas comunes de la casa, atención a la ayuda a la animación en una fiesta, en la preparación de la misma; en la oración, por ejemplo, cuántas veces somos invitados a hacer una reflexión para enriquecernos todos, Y nos quedamos calladitos; ese puede ser también un servicio a nuestros hermanos, enriquecernos unos a otros… Yo qué voy a decir… Lo que sea, puede ser un servicio a mis hermanos. Cuántas veces, por ejemplo, llegamos a la capilla cansados, no dormimos bien, no tenemos ganas de cantar, tal vez ni de rezar, pero al escuchar a mi hermano que está junto a mí, cantando, rezando con todo fervor… ¿verdad que me ayuda?… ¿por qué no ser yo también una ayuda, venciendo ese momento por el que estoy pasando? Es un servicio. “Lo que he hecho con vosotros”, dice el Señor, “hacerlo vosotros entre vosotros mismos…“.

El Volver a tomar el camino, pero no por el mismo, para ser pan partido

37. ¿No se les hace, hermanas y hermanos, que después de 50 años, es necesario, necesarísimo, urgente, que continuemos, como dice el Papa en el documento del Nuevo Milenio: “volved a tomar el camino, pero no por el mismo camino”, Sino como los santos Reyes, por un camino nuevo (Cf. Mt 2,12)? ¿no sentimos esta necesidad después de tantos años, en lo personal y comunitariamente, de retomar el camino?

38. Volvamos a nuestras comunidades, pero por un camino nuevo, el que el Señor me está pidiendo a mí. No quiero decir que voy a dejar mi vocación; que esa, gracias a Dios ya me la señaló; no por un camino nuevo, eso que Él me está pidiendo a mí, retomar el camino, dice el Papa, pero no por el mismo camino, por uno nuevo como los Reyes. Después de un Año Santo Jubilar, y en el corazón de nuestro Año Jubilar, tan especial que la Iglesia nos ha concedido a la Congregación, no lo dejemos pasar.

39. La gracia de las indulgencias ha sido concedida para nosotros, como una gracia especialísima, no la dejemos pasar, que no nos quedemos en el mismo camino… Algún defecto, algo que no he sabido superar, no lo dejemos pasar, no se quedará corto en Señor en gracias, para concederme que yo pueda emprender desde este momento un camino nuevo, aquel que Él me está pidiendo, aquel que Él me está indicando…

40. ¿No se les hace que ya es tiempo? ¿no sentimos la necesidad profunda en el fondo del alma, de veras, después de estos años de gracias y, hasta podría decir, de milagros, pues el Señor ha obrado en cada uno milagros y lo hemos visto; cada uno lo hemos palpado, lo hemos sentido, ¿no sentimos necesidad de volver a tomar el camino? Un camino que nos obligue, que nos lleve realmente hacer pan partido, hacer “almacén eucarísticas”.

41. ¿Verdad que en este momento sentimos todos la necesidad de emprender un camino nuevo, un camino de verdad comprometido, que nos lleve realmente hacer eso que María Inés fue: pan partido para todos?

42. Seamos almas eucarísticas… Ser esa Eucaristía que recibimos, ser esa Eucaristía para todos, pero especialmente y empezando con mis hermanos con los que convivo. Con razón Nuestra Madre nos habla en sus escritos de la vida comunitaria como un cielo anticipado. Por eso, porque ella vivía realmente esto. ¡se imaginan una comunidad así! Eso era lo que ella vivía, por eso no se detenía en decirlo: la vida comunitaria bien mi vida es un cielo anticipado.

43. ¿Queremos gozar esta vida comunitaria? Empecemos ahora, al estilo de ella, que fue como nos lo dice el cardenal Pironio, un pan partido para todos. Esta semana especial, en cada una de nuestras comunidades, es para esto: hemos pedido desde antes de lanzar la iniciativa, que no sea una fiesta -sí, es una fiesta el vernos todos juntos, es fiesta de familia, pero hemos pedido que no sea sólo una fiesta-, que sea una misión, una visión personal. Misionero… Yo, misionado por mí mismo; yo, misionera entre mis hermanas y hermanos; yo, misionero para todos.

44. Mi único deseo es que logremos convencernos de qué, si hoy escuchamos su voz, si hoy llama a nuestras puertas, si hoy lo tenemos todo para responder, no queramos desoír su voz, emprendamos el camino desde este momento, pero por un camino nuevo completamente.

45. ¿Cuál será el camino por el que yo tengo que emprender un camino nuevo? ¿cuál? ¿qué me pide el Señor? No dejemos pasar su gracia.

Servir: rechazando toda pretensión y privilegio

46. Empecé esta meditación con un acto, lo voy a llamar “inaudito”, de humillación de Cristo, del servicio que Cristo hizo a sus apóstoles, lo venimos comentando. Entonces el servicio es también rechazo de toda pretensión, rechazo de todo privilegio. El servicio es hacernos sentir realmente hermanos, hermanos entre hermanos, necesitados de los demás, pero al mismo tiempo, conscientes de que los demás me necesitan.

47. No vayamos lejos; va a llegar el momento en que seamos enviados a misiones. Nos veremos entre los seglares; apliquemos entonces la invitación de sentirnos realmente hermanas entre hermanas, hermanos entre hermanos, necesitados de los demás; siendo conscientes de que los demás me necesitan a mí… ¿en qué? En esos servicios comunitarios que muchas veces no reparamos en ello.

48. El servicio, como dije antes, es rechazo de toda pretensión, de todo privilegio; es fundamental que cada servicio, por pequeño grande que nos parezca, evidente o no, nazca de un corazón lleno de amor a mi hermano, aunque tenga yo diferencias con él o con ella. El que yo tenga diferencias, no quiere decir que no lo ame; la tentación que a veces sentimos en comunidad es hacernos servicios, pero sin corazón, sin amor. Hago aquello porque tengo la encomienda, porque me obligan a ella, o porque así lo mandan las Constituciones. Éste servicio no llega a ser una migaja del pan te quiero ser para mi hermano. No, no llega a ser porque no lleva amor, No lleva donación, no lleva entrega, lo hago por obligación. Éste servicio no llegaría ser litúrgico, no llegaría a ser “pan partido para los demás”, ¿se entiende entonces lo que es servicio?

49. La presentación que Juan nos hace del servicio de Jesús, es una auténtica liturgia, pero en ese gesto sencillo de lavar los pies se dobla, se ofrece totalmente, se regala, Sedona y sobretodo nos invita a que hagamos lo mismo. El servicio tiene que ser la celebración de la vida, en medio de las exigencias de la vida cotidiana, de mi capacidad personal de vivir; de realizar el misterio, hacer memoria del servicio de Cristo.

El servicio como celebración de la caridad

50. En medio de las exigencias de la vida cotidiana, de mi capacidad personal de vivir, de realizar el misterio del cuerpo místico de Cristo, hacer memoria de mi servicio, en mi calidad, en mi convivencia, hacer memoria de la donación de Cristo. Un servicio hecho a todos, sin seleccionar a los que merecen mi servicio y a los que no lo merecen, vivir en nuestra experiencia de servicio la donación. Yo siento que esto es para nosotros, de parte de Nuestra Madre Fundadora una INVITACIÓN, un fuerte llamado a que entremos en la calidad de este servicio, lleno de humildad, de amor, de caridad… Eliminando cualquier deseo de que se nos vea, de qué se nos recompense, de que coincida con la cantidad de gratitud o de qué se vea de lo que somos capaces de hacer; un servicio puro, entregado, desinteresado completamente.

51. Un servicio hecho a todos y a todas, sin seleccionar a los que merecen mi servicio y a los que no lo merecen. Vivir en nuestro servicio la experiencia del don, es para todos nosotros ese llamado fuerte de Cristo a que entremos con Él al servicio. El servicio tiene que ser una celebración de la caridad: Entusiasta, sencilla, alegre, espontánea, que no se le haga saber al otro lo que le está costando, no, caridad sencilla, con naturalidad.

52. “Niégate a ti mismo” (Cf. Mt 16,24), renúnciate a ti mismo, Cristo nos lo está pidiendo al mismo tiempo. No me pregunta si quiero venir en pos de Él porque esto ya lo he aceptado, por lo tanto aunque no tenga gusto en hacerlo, aunque yo no lo sienta, aunque no me quede ya ni voluntad, aquella oportunidad de dar un servicio, me está diciendo: ya acepté venir en pos de Él. Ahora me está diciendo: niégate a ti mismo, renuncia a ti mismo, toma tu Cruz y sígueme; sobre todo las y los que ya, por su gracia hicimos nuestra consagración. No me está diciendo “si quieres venir”; ya acepté venir; me está diciendo: “niégate a ti mismo, renúnciate a ti mismo, toma tu Cruz y sígueme”.

53. Renúnciate a ti mismo, que te lo está pidiendo al mismo tiempo, ¿verdad?, aunque yo no tenga ganas, aunque yo no lo sienta. Ya les hablaba de situaciones de cansancio, de situaciones de sequedad; en esos momentos no es que vamos a sentir gusto en el servicio, pero “renúnciate a ti mismo, toma tu Cruz y sígueme”.

54. Naturalmente purificar la intención, vivir atentos a los momentos de cansancio, ¿se acuerdan? Estar atentos, que no me sorprenda en esos momentos. Y jamás, jamás escudarnos en: “yo soy así”. Eso yo creo que sería del demonio cerrarnos en eso, “yo soy así” ¿me explico? Aunque mi hermana o mi hermano piense que lo hago para quedar bien, mi intención es ayudarle, hacer el servicio.

55. No olvidemos esas pequeñeces, situaciones de cansancio, enfermedad, frialdad, tedio… Tal vez esas son las más insidiosas en la vida comunitaria, las que a veces nos hacen sufrir más. ¡atentas!, ¡atentos!… qué no me sorprendan a mí, pero que tampoco vayan a sorprender a mis hermanos. Y si yo veo eso en los demás, ya lo hemos dicho: perdonar, callar, ayudar, orar por aquel hermano. ¿que esperaba Jesús de sus apóstoles en recompensa de aquel servicio, de todo lo que hizo por ellos? ¿Qué le podían dar? No esperaba ninguna recompensa, esperaba solo amor y fidelidad a Él.

56. ¡Bellísimo ideal! Pero es que cada uno somos tan distintos y a mí me pueden asaltar momentos que por tu mente ni siquiera pasan. Sí, tentaciones que por tu mente ni siquiera pasan y a mí me pueden estar quemando esas situaciones e impidiéndome realizar muchos momentos fuertes. Entonces, en ese aspecto, que mi intención sea limpia y pedírselo al Señor porque al final vamos a ver y tenemos que reconocer que por nosotros mismos nada podemos.

57. Y no vamos a estar tampoco inseguros ¿lo hago o no lo hago…? No, con libertad de los hijos de Dios, con naturalidad, tú y Dios, tú y el Señor, que conoce hasta lo más profundo de tus sentimientos, y no para castigarlos, sino para enderezarlos precisamente, para purificarlos, para alentarlos, para reforzarlos.

Con los rasgos que Jesús tuvo en su servicio

58. Cristo en el cenáculo, en aquella sala, lejos de la gente y entre los suyos, vive la experiencia del don total. Es para nosotros todos un llamado fuerte a que entremos en ese servicio de silencio… Eliminando cualquier deseo de que nos vean, como ya les dije antes, y cualquier pretensión de que el llamado al servicio coincida con la cantidad que vamos a dar. No, El servicio tiene que ser desinteresado. Se trata de la invitación a captar el silencio y el escondimiento. Los rasgos de nuestra entrega que sean los de Jesús, para ser útiles cuando nos necesiten, etc., etc. Pero con los rasgos que Jesús tuvo en su servicio y donación.

59. En esta perspectiva comprendamos también a todos nuestros hermanos, en nuestra oración por ellos, ¿oramos por nuestros hermanos o hermanas? ¿ofrecemos nuestros sufrimientos por ellos? Cuántas veces los juzgamos y los condenamos; preguntémonos cuando se nos ocurre un juicio o una condena sobre alguno de nuestros hermanos ¿cuánto he rezado por ella o por él?, ¿cuánto me he sacrificado este día por ese hermano?

60. También cuenta tanto en la vida comunitaria, y todos lo experimentamos, el aprecio de unos por otros; el apoyo, cuando los veamos de capa caída, apoyarlos, que sientan nuestra cercanía. Nunca con la pretensión: “¡Ah! Que me vean de capa caída para que vengan apoyarme”. No, no, nunca. Ser agradecidos con todos, alegrarnos porque los demás están alegres, sean estos grandes y auténtico signos llenos de calidad. ¿Nos parecen pequeñeces? Nuestra vida comunitaria está llena de eso.

61. El ser agradecidos y alegrarnos por lo que los demás se están alegrando son grandes y auténtico signos de un servicio que habita en lo más hondo y nos rinde la Eucaristía en nuestro ser “pan partido para los demás”. No olvidemos, que esta sea nuestra meta: Ser pan, pero no entero, sino darlo a migajas ¿sí?, como Cristo se nos da. ¿gustaría este propósito para toda nuestra vida? Ser pan partido para los demás. No demos ese pan picoso de sal ni de chile, seamos pan sabroso, en migajas, que quiere decir, no me entero sino pan sacrificado… En migajas.

62. Es preciso salir de la lógica de la eficiencia y de la medida en términos de cantidad y de trabajo. Jesús se quita el manto para recordarnos que deja de ser el Maestro para convertirse en el esclavo, sin ninguna pretensión. Porque el lavar los pies era el papel de los esclavos.

Arrastrar a los demás a la santidad

63. Naturalmente ese servicio y esa vida comunitaria que ya soñamos y que en cuantas ocasiones gozamos como anticipación del paraíso, tiene que ser en comunión, no sólo comunidad sino comunión en la unidad real. Si hacemos esto sin compartir realmente esa comunión auténtica, no estamos haciendo nada; tratar que no sea el vivir en comunidad solamente, sino vivir en comunión, Vivir unidos realmente, con el mismo ideal que nos ha traído a la vida consagrada, con los mismos ideales de servicio, alegría y deseos de misionar y dar.

64. Tratando siempre y en todo momento de hacer comunión, no sólo comunidad, sino comunión de sentimientos, comunión de ideales, comunión de metas, viviendo juntos, haciendo verdadera comunión.

65. Nos une una finalidad común a todas y a todos. Si en nuestras comunidades hacemos muchas cosas, pero perdemos el sentido profundo de comunión, de la unidad, ¿qué hemos hecho? Nada. La vida consagrada nace como servicio a la Iglesia, a la historia y no puede olvidarse esta identidad profunda.

66. No estamos en la vida consagrada para hacernos santas o santos, -cierto que tenemos que hacernos santos-, por qué el Padre Eterno dice: “Sed santos como yo soy Santo” ( Lc 19, 2) pero no estamos para eso; no estamos para llevar a cabo un servicio personal, individualista. Estamos en la vida consagrada para arrastrar a los demás, para arrastrar a la Iglesia a la santidad. ¿Qué es más fácil, hacerme santa o santo yo solito o la obligación de arrastrar a los demás, de arrastrar a la Iglesia entera?  Y no digo sólo a la Iglesia, sino a la historia entera del mundo, a la santidad. ¿se entiende esto? Ahorita se me ocurrió y no antes.

67. Dice un chiste y creo que nos lo contaba Nuestra Madre; se me hace que de allí venía: “Resulta que se fue a confesar una monjita, y realmente tenía fama de santa, entonces entre sus pecados decía que no la sabían comprender en su comunidad y realmente alrededor suyo se iba formando la fama de qué ella era santa; decía, por ejemplo, Que hablaba de un momento especial en su vida y los demás no lo apreciaban, no lo sabían apreciar, etc. Entonces le dijo el padre: “no se preocupe hermana, mire que a los santos los proclama el silencio mismo, pero de usted no se preocupe yo me voy a ocupar cuando usted muera si nadie tiene en cuenta sus grandes momentos de santidad, yo me encargaré de hacer los públicos. Ahora, de penitencia vaya y sin rezar nada que desee enfrente de la Virgen y ella le va a enseñar tantas cosas”. Monjita se puso enfrente de la Virgen, pero el padre la estaba viendo. Llegó otra hermana que seguía de la confesión y le dice el padre: “ahora de penitencia vas y le dices aquella religiosa que está ahí hincada: “¿por qué está aquí perdiendo el tiempo?, seguro que ni rezarás, no se te ve siquiera que estés rezando, hipócrita nomás viendo a la Virgen”. “¿yo le tengo que decir eso?2 -preguntó la monjita-. “es tu penitencia -le dijo el padre- si la quieres cumplir”. Obedeciendo fue hacia la otra prójima que estaba allí arrodillada y como el padre le había dicho ‘no vas a rezar nada’ -porque si le hubiera dicho rezar una salve a lo mejor estaba salveando- ¿verdad? Entonces, llegó la otra pobre y le dijo: “¿qué estás haciendo aquí, perdiendo el tiempo, monja? Siquiera estuvieras rezando, hipócrita…”. Se levantó la monjita “santa” y le dijo furiosa: “pero si supieras quién soy y de donde vengo ¿siquiera sabes dónde está el Carmelo? etc., etc. El padre salió del confesionario y le dijo: “hija en el primer capítulo del libro de tu vida pondré este momento”.

68. Entonces recordemos que no estamos en la vida consagrada para ser santos, nos tenemos que hacer santos porque Cristo dijo: “Sed santos como mi Padre Celestial es Santo” (Cf. Mt 5,48) estamos y llevamos a cabo el compromiso individual y comunitario de arrastrar a la Iglesia y a toda la historia con la humanidad a la santidad. Vean qué tareíta.

69. ¿cuál es nuestra tarea dentro de la comunidad al recibir a los peregrinos?,  ¿hablando a los trabajadores?, ¿en la calle, con los que nos encontramos?, ¿con los enfermos que atendemos? ¿cuál es nuestra tarea para cumplir esto? Cierto que no vamos a ir a toda la humanidad, pero con la oración y el sacrificio, podemos ir a toda la humanidad. Pero ¿cuál es nuestra tarea en medio de mis hermanas y hermanos?, ¿en medio de mi comunidad?, ¿en mi oficina o donde me encuentre?, hacer espacios, celebrar espacios de salvación, ¿me explico? Qué nuestra convivencia sea espacio de salvación, que mi oración sea cultivar y fomentar ante el Señor un espacio de salvación para toda la gente.

70. Se acuerdan de Nuestra Madre que decía: “nunca vengamos a la capilla solos”, desde que entramos llenemos la capilla de aquellas almas, de aquellos hombres a los que en esos momentos nos están preocupando más, a los infieles  -podríamos decir- a los pecadores, a los que anoche mataron a la niña, a los que mataron a la señora con su esposo, en fin a los que traigo en mi corazón, llenemos la capilla y entonces hagamos nuestra oración y de nuestra oración un espacio de salvación para toda esa gente.

71. Esta era la oración de Nuestra Madre: las almas. ¿en qué hacía consistir Nuestra Madre y sus espacios de salvación para las almas? En el escritorio, en las tartas, en las visitas que llegaban a la casa, en las palabras que decía sus hijas; esos eran sus espacios de salvación para las almas. Cierto, no somos capaces de llegar físicamente a toda la humanidad, pero con la oración y con el sacrificio podemos y debemos abarcar a toda la humanidad.

Ser espacio de santidad

72. Nuestra tarea concreta en medio de mis hermanos, en medio de mi comunidad, en la oficina en que tiene ahora la obediencia, en donde me encuentre, es este aspecto: “ser un espacio de santidad, un espacio de salvación para con quien me estoy relacionando”.

73. Si yo me pongo a criticar con una hermana o con un hermano, ¿puedo ser espacio de salvación para quien escucha mi crítica? De ninguna manera. Si yo falto a la rectitud conscientemente, o a la pobreza, a la obediencia… ¿puedo ser con mi testimonio un espacio de santidad, de salvación para mi hermano, para mi comunidad en sí, para las gentes, para los seglares con quienes trabajo? Mi testimonio, un testimonio negativo, ¿puedo hacer un espacio de santidad, un espacio de salvación? ¿a que los invito, a ser mejores con ese testimonio negativo? Es nuestra obligación: ser espacio de salvación para todos aquellos con los que nos relacionamos.

74. Y así es como pretendemos arrastrar a la santidad, a nuestra comunidad, a nuestras hermanas y hermanos, a nuestros misioneros, a toda la humanidad, a toda la Iglesia, siendo personalmente un espacio de santidad y de salvación para todos.

75. Estamos llamados para arrastrar a la Iglesia y a la historia a la santidad, hacia aquel Rostro de Cristo más auténtico y más verdadero que es la Iglesia, la esposa, la bella, la toda santa, presentada para las bodas con el Cordero, y que le permite ser nueva en todo momento. Para eso estamos llamadas dentro de la Iglesia en la vida consagrada… No es fácil la tarea de la vida consagrada, no es fácil nuestra tarea, pero antes ya nos dijo el mismo Santo Padre: que no estamos solos, que con Él todo lo podemos (Cf. NMI, n.29)

76. Es importante que la vida consagrada se considere inserta en el camino de la historia de la Iglesia, en donde estamos llamados a cumplir este servicio de ser espacio de santidad para esa Iglesia. La vida consagrada, nosotros, miembros todos de la familia Inesiana, Tenemos el cometido de recordar a la Iglesia la exigencia del Evangelio, los criterios de pobreza, sencillez, humildad… La vida consagrada tiene la obligación de recordar a los miembros de la Iglesia, la perspectiva de la Cruz y del martirio.

77. Cómo nos tenemos que cuidar. Es allí, en el testimonio, en nuestro servicio, que reclama el que seamos UN ESPACIO DE SANTIDAD para todos aquellos con quienes nos relacionemos; y, claro, con quienes más nos relacionamos nosotros, es con nuestros hermanos de comunidad… Cuidemos ser siempre ese espacio de santidad.

Donación personal y comunitaria

78. Esta meditación es una invitación personal a esto: a centrarnos en lo que somos, a vivir lo que somos y a donarnos como somos: Eucaristía para todos, viviendo esa Eucaristía. Si nuestro espíritu eucarístico no nos lleva a esa donación personal y comunitaria, ahí se anonadamiento total en favor de la misión, como lo hizo nuestra amada Fundadora, no sería espíritu eucarístico, según yo.

79. Pero ¿merece la pena servir en estos tiempos? Es una pregunta que se abre camino entre los religiosos actualmente. Y en muchas ocasiones se oye decir a los religiosos: “los pobres siempre los tendremos”. ¿merece la pena servir en África, por ejemplo Sierra Leona, donde generaciones y generaciones de mis hermanas y hermanos -esto lo dice en algunas congregaciones- se han entregado compasión, con esmero y pocas veces la gente cambia? ¿merece la pena servir?

80. Ya veíamos que no merece la pena cuantificar el servicio, no se trata de los frutos, se trata de ser espacio de santidad en ese momento, en mi momento histórico; yo pasaré, pero Cristo seguirá allí. El Santo Padre ha dicho: “donde tú, misionero o misionera llegas, es porque ya el Espíritu Santo depositó la semilla”; que fructifique o no fructifique muchas veces va a depender, sí, de tu palabra y de tu testimonio, pero ya está allí depositada la semilla, seguirá esa semilla depositada. Si en este mi momento no fructifica, el Señor sabrá a qué hora. Uno siembran y otros cultivarán.

81. En todo, en todo,… Aquí mismo nos puede suceder. Yo traje al recuerdo la misión de Sierra Leona, porque para todos nosotros ha sido tan doloroso y sigue siendo, hasta que el Señor nos permita volver, pero nos puede suceder en la incomparable Buenavista también, nos puede suceder en Guadalajara mismo, donde nos empeñamos en sembrar y en sembrar. No, no se trata de qué veamos el fruto, se trata de sembrar donde el Señor nos ponga, de ser en ese momento, como ha sido nuestro propósito, un espacio de santidad, un espacio de salvación, un espacio de redención para aquellas personas. Me parece a mí que la respuesta de todo esto la tenemos y nos la da la Eucaristía misma, en esto estamos, en nuestro espíritu eucarístico.

82. La respuesta nos la da la Eucaristía: memoria de la muerte y resurrección de Jesús, Siervo del hombre, Cristo de rodillas ante los suyos. Éste Cristo de lavatorio de los pies es el Cristo resucitado; la resurrección es la señal más clara y evidente de que el Padre se ha complacido de la obra de Jesús y que se complace de nuestras obras con Jesús. Lo hacemos con Él, el Padre se complace en nuestras obras no necesariamente porque morimos en el éxito. Cristo no murió en el éxito pero tuvo su resurrección y la resurrección es el ejemplo evidente de que el Padre fue complacido. El Padre se complace con la obra de Jesús, a pesar de que lo veía colgado y muerto en la Cruz: un fracasado. La resurrección es la prueba más evidente de que el Padre se complacía de la obra de su Hijo, a pesar de verlo “el fracasado por excelencia”.

83. Y nosotros ¿lo hacemos todo por Él? El Padre se complace en nuestras obras, no necesariamente porque moriremos en el éxito. Cristo no murió en el éxito, como ella decía, pero tuvo una resurrección, y la resurrección es el ejemplo evidente de qué el Padre fue complacido con la obra de Jesús toda, con su predicación, con sus milagros, con su humillación, con su pasión y dolores. Es la resurrección la que nos dio vida a todos nosotros, es donde nos conquista total completamente nuestra salvación y redención.

84. Sea complacido el Padre en la manera de amar de Jesús, se ha complacido en la manera de servir de Jesús, se ha complacido de la manera de llevar las relaciones de Jesús, y de estar presente siempre entre los suyos, siendo una MIGAJA DE PAN PARA TODOS, para los enfermos, para los jóvenes, niños, para la pecadora que se acerca a Él, y arrodillando se, se tira: “aquí estoy para que me condenes también tú”. Y… Maravilla como el Señor no le dijo: “¡levántate!, pero… A ver, ven y dime, deveras… ¿dónde estabas?, Mira lo que estabas haciendo, etc. etc. no, “nadie te ha condenado, yo tampoco te condeno, vete y no peques más” (Cf Jn 8,11). Un pan para esa pecadora.

85. Que sepamos ser nosotros el pan también, no lo olvidemos, nuestra principal intención en esta ocasión no es que queramos encerrarnos en nuestro conventito; nuestra principal preocupación que sea nuestra propia congregación, nuestra propia comunidad, mis propias hermanas, mis propios hermanos.

Futuro de santidad, futuro de redención

86. Nuestro servicio, por pequeño que sea, hace posible un nuevo futuro, -esto ni preguntarnos-, veamos a la hermana o al hermano, después de un pequeño servicio, veamos a las personas después de un favor, después de una sonrisa, ¿qué les dejamos a ellos?, un futuro nuevo. No digo que van hacer más ricos, no digo que van a ser más felices, pero ciertamente la sensación de gratitud por la caridad que han recibido.

87. ¿Por qué ser en ocasiones, el cuchillito? ¿verdad que no nos gusta esto?       ¿por qué no ocasiones ser navajita de rasurar para aquel que llega y, finalmente le lastimo? Nuestro servicio, por pequeño que sea, hace posible un nuevo futuro; pequeñito aunque sea, pero es un nuevo futuro. Hablando de un hermana, de un hermano que esté tentado o triste, mi servicio entusiasta, con alegría y demás ¿no hará que este hermano se sienta mejor en el futuro? Esto, hablando dentro de comunidad.

88. Pero hablando fuera, en servicio a las misiones, esto es sin duda un futuro mejor, aunque yo no vea el fruto, como hemos dicho. Futuro también de santidad y de redención para ellos. Pero este servicio me reclama sacrificio, en muchas ocasiones nos reclama negarnos a nosotros mismos, nos reclama estar atentos a momentos de cansancio, de enfermedad, desvelos, de necedad también ¿por qué no?… soy necio yo, pero a veces también puede haber algo en necio o necia alrededor de mí, me reclama entonces: vencimiento, olvido de mi mismo; si no estuviéramos atentos nosotros a las necesidades de los demás, ¿podría haber un futuro mejor para esas gentes en relación a la vida consagrada? ¿verdad que no? “Renúnciate a ti mismo, Toma tu Cruz y sígueme”.

89. Gracias a que has estado dispuesto o dispuesta a hacer migajas de pan para este hermano que se ha acercado, gracias a ello ha habido un futuro mejor en su conciencia de la vida religiosa o de la Iglesia. Cuántas veces ese futuro mejor podrá ser de arrepentimiento, aún entre nosotros; cuantas veces podrá ser de enmienda, O por lo menos de una visión positiva hacia ti y si es fuera, a la vida religiosa también. ¿De donde nos viene todo esto?: De María Inés Teresa Arias.

90. No resisto a platicarles de la casa de Garampi -muchas de ustedes, gracias a Dios, lo vivieron también- cuando empezábamos a recibir los grupos de peregrinos. Me acuerdo que el primero que tuvimos, fue un grupo de alemanes. Los alemanes, como todos tenemos experiencia, se juntan tres o cuatro y hacen un coro de cinco vos eso de seis, y buen coro. A Nuestra Madre le avisaron a la oficina, que ya había llegado el grupo para instalarse, que iba a cenar a tales horas; y nos llama a Nuestra Madre a las que estábamos allí, y nos dijo:

91. “¡Vamos hijas, para recibir al grupo!”. Bajamos entonces y me dice: “les vas a dar la bienvenida”. “¡Ay! -dije- Nuestra Madre ¿en qué idioma se las doy?, Yo no hablo alemán”. “No, no, Teresina, dárselas en inglés” -me dijo-. “Y… ¿Qué les digo Nuestra Madre?” -Ella era toda sencillez y yo todo lo contrario, orgullosa y soberbia- “¡Ay!… Y ¿Qué les voy a decir?” “Mira, diles…” -Ella me dio el discurso- “Diles: ¡bienvenidos a su casa!, No llegaron a un hotel, esta es su casa, nosotras somos sus hermanas que queremos ayudarles a que pasen unos días tranquilos y que descansen, y que esto… Y luego les vas a cantar”. “¡Ay, Nuestra Madre! Y ¿qué les vamos a cantar?” “Las mañanitas -dice- para que cuando se vayan de aquí, se lleven otra imagen de la vida religiosa”.

92. A Nuestra Madre no le importó que se llevaran otra imagen de nosotras las misioneras clarisas. Sino que se llevarán otra imagen positiva de la vida religiosa. Con nuestro servicio podemos ir sembrando, por lo menos eso, otra imagen, si la tenía negativa, al menos, no tan negativa de la vida consagrada.

93. Cuesta sacrificio pues muchas veces estamos apurados, con los trastos en la cocina y… Hay que vencerse para hacer un servicio. Sí, cuesta, ya lo vimos, tienen razón. Nuestra Madre nos dejó este espíritu, ella trabajaba hasta muy tarde y yo sé lo que es eso por experiencia personal pues a mí me pasa lo mismo, se va uno acostar a las doce, a la una de la mañana pero deseando que aquello se alargara para dejar libre el escritorio, deseando que el tiempo rinda. Pues Nuestra Madre así trabajaba muchas veces hasta la una de la mañana. Y no obstante su trabajo, se bajaba a la hora de la cena para estar con nosotras cuando le cantábamos al grupo.

94. En otras ocasiones, también dejando arriba en su oficina su trabajo esperándola, se bajaba ella para organizarles recreaciones a los grupos. La gente a las veces no se conocía entre sí, pero acaban jugando como niños. En una ocasión, no sé de qué lugar ni de qué casa nos llegó una cajita de papitas de esas fritas, pero de plástico. Ella fue a repartirlas en platitos; a la hora que ellos comenzaron a masticar el plástico, ya se la comían a ella de broma y de risa. Una vez recuerdo que subió a una persona gorda, pero gorda, a un banco; con un pie se tenía que parar y yo no sé qué piruetas tenía que hacer… Todos quisieron pasar por el banco para medir su equilibrio. Ella, Nuestra Madre y, como digo, no porque tenía tiempo vacío, porque dejaba arriba todo lo que tenía para venir a dar una imagen de la vida religiosa positiva o contraria por lo menos de lo que ellos tenían. Y me recuerdo que decía: “Míralos, en este momento son como niños, se olvidaron sin duda de los problemas de su casa, de los problemas que traen entre sí y se olvidaron de todo”.

95. “Renúnciate a ti misma, a ti mismo y toma tu Cruz y sígueme” (Cf. Mt 16, 24). El futuro nuevo que han sembrado con el servicio, se alcanza sólo con la renuncia. Sí, mis queridos hermanos y hermanas, el futuro nuevo y la imagen de una vida consagrada en servicio. “El día que nos enamoremos de la Cruz, -es de Nuestra Madre- del dolor, seremos inmensamente felices. Daremos grande gloria a Dios, salvaremos muchas almas; acuérdense hijas que no vale la pena vivir si no es para Dios, para salvarle almas y salvarnos, santificándonos en la abnegación”.

96. Para hacer pan partido para los demás, ¿cuál será la virtud que nos puede llevar allí? La abnegación. ¿Qué quiere decir abnegación? Negarme a mí mismo, morir a mi mismo. ¿Estamos dispuestos a que este sea nuestro propósito? ¿Estamos dispuestos de verdad?

97. “Acuérdense hijas que no vale la pena vivir si no es para Dios, para salvarle almas y santificarnos, en la abnegación. Que el Señor nos ayude a todas las misioneras clarisas -y a todas las almas consagradas del mundo- a vivir dando siempre testimonio de abnegación”.

Abnegación para hacer pan partido

98. Quiero ser santa, quiero ser santo, lo anhelo y lo deseo, pero… ¿Negarme a mí mismo?, ¿Abnegarme…? Es ahí donde… Sólo lograremos santificarnos practicando la abnegación para ser PAN PARTIDO para los demás.

99. Nuestra Madre nos contame un chiste – está esto que tiene de todo –. Nuestra Madre nos contaba que en una ocasión llegaron visitas de bienhechores a un monasterio; siempre en los monasterios hay una religiosa portera que atiende de momento a las visitas, les trae su agua fresca o qué sé yo, mientras las monjitas salen. Bien, estos bienhechores llegaron y con aquella viejita portera ya se pusieron a platicar, “que feliz vivir a usted aquí con las monjitas, cada vez más santitas…” En fin como los bienhechores consideran – y en realidad – en los monasterios las monjitas como santitas. Entonces – dice Nuestra Madre – aquella viejita les dijo: “pues ni se crea, mire, – como ella había entrado desde chiquilla el servicio – antes entraba uno a la capilla y todas ‘levadas levadas’ en oración, y ahora entro a la capilla, y todas ‘plantadas, plastadas’”… era natural, ¿verdad?, Ya estaban más anciana seguro que cuando ella ingresó, eran más jóvenes y se “levaban levaban” en la oración, y ahora pues ya cansadita y demás, se “plantaban, se plastaban”, pero decía Nuestra Madre que es la abnegación la virtud que nos sostiene en el servicio y nos sostiene con entusiasmo y con alegría, aunque no sea de rodillas, y no sea “levadas”.

100. “Esta abnegación debe desenvolverse, desarrollarse con naturalidad, con entera sencillez, como a quien le ha tocado en suerte ese oficio de negarse asimismo y esto sólo por agradar a nuestro Señor para vivir cada día más unida a Él y salvarle muchas almas” (Cf. EE. p.407).

101. Nuestra Madre lo hizo vida y lo vemos en sus escritos; nunca dejaremos encontrar: oración, abnegación y sacrificio, – como le llame ella – renuncia, sacrificio, abnegación para la misión. Leamos sus escritos con este criterio y veremos siempre: oración, sacrificio, abnegación, humillación, lo que sea para la misión.

102. Como dice ella, la vida religiosa es un “martirio pues la continua repetición de los actos de la vida religiosa que contraría no pocas veces los deseos del alma, que otras no pocas matan las aspiraciones del alma” (Este. y Med. p. 184). Ejemplo sencillo: “¡Ay!, ¡Cómo desearía estar trabajando entre los chamulas!”, Pero la obediencia religiosa te tiene trabajando en un colegio. Contrarían los deseos de tu alma misionera y otras no pocas matan tus aspiraciones; aspira alguna ¿a qué será?, Pues a ser médico, a ser enfermera, a ser maestra; aspira a estar en África o en la India, tal vez nunca irá a prestar sus servicios.

103. Pues es un martirio la vida religiosa, si está alma vive en plenitud el “hágase tu voluntad”, el ser pan partido, el renunciarse así mismo en donde está. ¿Vivirás feliz? Pero, si lo vive con amargura, al contrario, será una pena constante para ella o para él mismo y para los demás también. Por eso dice Nuestra Madre que “es un martirio en la vida religiosa, Porque la continua repetición de los actos que encontrarían no pocas veces los deseos del alma, que otras no pocas matan sus aspiraciones, que inmolan su voluntad a cada momento” (ibídem).

104. ¿De qué nos asustamos cuando algo nos contraría, cuando algo no está de acuerdo con lo que nosotras habíamos proyectado o habíamos planeado? O ¿de qué nos contrariamos si lo sabemos? Yo entregué mi voluntad en aras de la obediencia ¿sí, o no? Y ¿Por qué me arrepiento a cada rato? Claro, yo puedo exponer, y en muchas ocasiones me lo podrá conceder la obediencia, pero cuando no se pueda, alegre, feliz, ¿de acuerdo? Donde la obediencia me tiene, será el pedacito de pan para los que me rodean; no la piedra que talla a cada rato porque no estoy contento; ser allí el pedacito de pan para con quienes trabajo, para donde trabajo, el pedacito de pan para quienes me rodean. No queramos ser nunca un pastel grande, no, un pedacito, partido en migajas, sacrificado en migajas.

105. Dice Nuestra Madre: “que inmolan su voluntad a cada momento, que le presentan mil ocasiones de abnegarse y sacrificarse, son un martirio a fuego lento que van quemando la víctima en el altar de su propio sacrificio”. (Ibídem) ¿por qué altar de su propio sacrificio? ¿Quién nos obligó hacerlo? “Su propio sacrificio”, fuimos nosotros quienes quisimos inmolar en aras de la voluntad de Dios y de la obediencia, nuestra libertad.

106. A esto nos estamos preparando, hermanos y hermanas, a esto, no se asusten. Quien inició en nosotros la obra, está comprometido con cada uno a llevarla a feliz término; igual para nosotros los llenos de juventud, está comprometido a llevarlo hasta el culmen de la obra. Él, no nosotros, que no podemos hacerlo por nosotros mismos. No nos asustemos, Él nos llamó. A veces dicen: “¡ay!, El demonio me quiere sacar”. ¿Quién te trajo? ¿Fue el demonio? Entonces ¿por qué ha de ser él quien te quiere sacar? Jesús, que inició en nosotros la obra, con nosotros está comprometido a llevarla a su culmen.

Ser pedazo de pan para todos

107. Nuestro santísimo Padre el Papa Juan Pablo II en el discurso a la religiosas del 10 de mayo les dice: “se necesita vuestra obediencia responsable y totalmente disponible a Dios, a través de las personas que Él pone de responsables en vuestro camino, estáis llamadas a mostrar con vuestra vida, que la verdadera libertad consiste en entrar decididamente por el camino marcado y bendecido por la obediencia, el camino de muerte y resurrección que Jesús nos enseñó con su ejemplo”. (Oss. Rom. 10.V.2000).

108. Recordemos, no lo olvidemos: “el que quiera venir en pos de mí…”, Nosotros no es que estemos siendo invitados, es que ya respondimos sí, y aún ustedes que inicia, ya han respondido ‘si quiero…’ el que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo. Me acuerdo que yo, rebelde como era, al inicio le decía Nuestra Madre que siquiera el Señor nada más dijera: “toma la Cruz y sígueme”, pero no, dice: “nietate a ti mismo”. “El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”.

109. Para mí, – y con agrado veo que no he encontrado opinión distinta de parte de ustedes – esto es el espíritu eucarístico en Nuestra Madre; esas adoraciones, esas contemplaciones, esa oración tan profunda de ella; ese amor a la Eucaristía que la obligó con un impulso irresistible a entregarse a la misión, la obligó a hacer el pedazo de pan para todos, para todos… sin distinción de raza, de religión, de pueblo; un pan partido para todos, una migajita para cada uno de nosotros, pero además para todas las almas que ella iba encontrar. Migajas, recordémoslo, sacrificada, despedazada, entregada para mí.

110. Un día, estando Nuestra Madre ya muy enferma, y que estaba despierta; me paré a su lado y le dije: “¿duerme, Nuestra Madre?” Ella me contestó: “vengo muy cansada”, no dijo estoy muy cansada – yo ya se los he platicado –, “vengo muy cansada”. ¿Sí, Nuestra Madre?, ¿De dónde? – Le pregunté-. Me respondió: “De un lugar, tenemos que ir allá Teresina – así me decía ella –, de un lugar donde hay tanta miseria, pero vieras que miseria tan espantosa, pero no era miseria material, era la miseria humana, miseria moral, miseria espiritual, espantosa. Sí, había miseria material, telarañas por donde quiera, sabandijas. Mira, se veían en el suelo tirado los cuerpos y los enfermos revolcándose, de pobreza, famélicos. Eran tantos que para caminar entre ellos y para consolar al que estaba gritando allá, tenías que ir sobre los otros”. Y yo digo que en esos lugares estuvo ella, porque no decía, “soñé” o “estoy cansada” sino “vengo muy cansada de un lugar” y te describía el lugar. Y luego yo me quedaba sentada en la sillita y ella se mi recostada como la tuvimos los últimos días de su vida con los cojines atrás, pero no se movía para nada; me daba cuenta que estaba despierta porque se pasaba la mano por la frente, me lo recuerdo muy bien, yo creo que le dolía la cabeza más no poder.

111. ¿Estamos dispuestos a hacer migajitas de pan? ¿Para cada uno, para cada una? ¿Empezando por nuestros hermanos y hermanas de comunidad? Mi caja, no pastel entero sino pan partido para los demás, aunque para ellos tenga que morir a mí mismo.

Contemplar el Rostro de Cristo

112. Recordemos la experiencia del Año Santo: el Congreso Eucarístico, la beatificación y canonización de los santos y de los mártires, de manera especial el perdón general que se realizó, pidiendo perdón en la Iglesia y asegurándonos de recibir el perdón de parte del Señor. El Santo Padre recorre en su carta del Novo Millennio Ineunte todos esos momentos con un trocito pequeño y dice: “éstos son algunos de los aspectos más sobresalientes de la experiencia Jubilar. Esta deja en nosotros tantos recuerdos. Pero si quisiéramos individual el núcleo esencial de la gran herencia que nos deja el Jubileo, no dudaría en concretarlo en la contemplación del Rostro de Cristo gran herencia que nos deja el Jubileo, no dudaría en concretarlo en la contemplación del Rostro de Cristo”. (la madre María Teresa Botello está parafraseando el número 15 de la Novo Millennio Ineunte.)

113. “La contemplación del Rostro de Cristo, contemplando en sus coordenadas históricas y en su misterio, acogido en su múltiple presencia en la Iglesia y en el mundo, confesado como sentido de la historia y luz de nuestro camino. Ahora tenemos que mirar y remar hacia delante, debemos “remar mar adentro” cada uno, cada uno mar adentro, confiando en las palabras de Cristo: ¡Duc in altum!”.

114. Rema hacia adentro, ¡Duc in altum! Y continúa el documento: “lo que hemos hecho este año, no puede justificar una sensación de dejadez y menos aún llevarnos a una actitud de desinterés”… Como cosa pasada. No, mis queridos hermanos y hermanos, no; yo lo diré en nuestras regiones, primero Dios. Lo que hemos hecho este año no puede justificar una sensación de dejadez y menos aún llevarnos a una actitud de desinterés como algo pasado; al contrario, “las experiencias vividas deben suscitar en nosotros un dinamismo nuevo”.

115. El Santo Padre a eso nos lanza. No a novedades, no. Nos lanza a profundidades – es preciosa la carta, concisa para cada cosa –, dice: “las experiencias vividas deben suscitar en nosotros un dinamismo nuevo, empujarnos emplear todo el entusiasmo experimentado iniciativas concretas”, personales y comunitarias.

116. Está invitando a la diócesis, a las parroquias, a las comunidades religiosas, a los monasterios; empujándonos a emplear el entusiasmo experimentado en iniciativas concretas. Jesús mismo nos lo advierte: “quien pone su mano en el arado y vuelve su vista atrás, no sirve para el Reino de Dios” (Cf. Lc 9,62). ¿Hemos puesto la mano en el arado? Pensemos en un ingreso a la puerta Santa, por ejemplo; yo, la más fría de todos ustedes, pienso en ese ingreso a la puerta Santa ahí, ¿a que me llamaba?, ¿A que me llamó? “Quien pone su mano en el arado y vuelve su vista atrás no sirve para el Reino de Dios” (Cf. Lc 9,62).

117. Acordémonos que vinimos a eso, a arrastrar a la Iglesia de la santidad. Lo hemos visto también, no hay tiempo para mirar hacia atrás, y menos aún para dejarse llevar por la pereza, por el egoísmo. Es mucho lo que nos espera y por eso tenemos que emprender desde hoy una eficaz programación de nuestra vida y eficaz programación pastoral.

118. Sin embargo, es importante que lo que nos propongamos, con la ayuda de Dios, este fundado en la contemplación y en la oración”. No tengamos miedo, Él nos va a dar lo que nos está pidiendo, por eso repito que es importante que lo que nos propongamos y esté fundado en la contemplación y en la oración.

119. “El nuestro es un tiempo de continuo movimiento que a menudo desemboca en el activismo”. ¡Atentos! Que este movimiento no desemboquen un activismo. Cuando pensamos en un futuro nuevo, tal vez pensamos en acciones concretas, y las debemos pensar, pero no sólo por el activismo, ni sólo por el apostolado; es de allí, de la contemplación del Rostro de Cristo de donde yo tengo que sacar ese futuro nuevo, ese camino nuevo. Tenemos que resistir a la tentación del activismo, buscando ser, y lo pongo entre comillas, buscando “SER” antes que hacer. Recordemos a este respecto el reproche de Jesús a Marta: “tú te afanas y te preocupas por muchas cosas y sin embargo sólo una es necesaria” (Lc 10,41-42).

120. “Con este espíritu yo largo continué el Santo Padre – antes de someter a vuestra consideración unas líneas de acción, deseo haceros partícipes de algunos puntos de meditación sobre el misterio de Cristo, fundamento absoluto de toda nuestra acción en la Iglesia”. Es preciosa deveras y, como digo, concretita.

121. Les quiero invitar durante este año, y durante toda la vida, que cuando lleguemos a la adoración tengamos un pensamiento para agradecerle al Señor, a Jesús Eucaristía estos 50 años de adoración constante. Agradecerle, como digo esos 50 años también por las que ya murieron, y por las que nos han dejado; nos han dejado por sentirse llamadas a otro camino o por capricho, pudo también haber sucedido. Agradecerle esas horas de adoración. ¡Cuántas veces de mi parte habrán sido frías o distraídas! ¿Verdad?, Pero me las concedió, me la regaló, no se fijó en mí, me la ofreció.

122. Acabamos de leer en la historia que Nuestra Madre nos escribe sobre la fundación: “el día que llegué a Cuernavaca, fue la primera adoración”, y desde allí… cincuenta años.

123. En muchísimas casas, digamos en muchas regiones eso es lo que llama a las chicas a nuestra congregación. Y nosotras lo tomamos como que es una obligación; cuántas veces no lo hemos agradecido lo suficiente.

124. Me acuerdo de la madre Rosalía que era la abadesa de Nuestra Madre cuando inició los pasos para la fundación. Nosotras la conocimos, – yo también, gracias a Dios – y me acuerdo que ya ancianita decía cuando Nuestra Madre le preguntó: “¿cómo está mi madrecita?” “Bien, dice, ya no veo casi ni con los anteojos – tenía unos anteojitos pequeños –, pero ¿sabes qué?, Tengo la certeza de qué se han gastado mis ojos la mayor parte del tiempo contemplando la sagrada hostia, allí se han gastado la mayor parte del tiempo”.

125. Esta meditación, es una invitación personal a esto: a centrarnos en lo que somos, a vivir lo que somos y a donarnos como somos. Eucaristía para todos, viviendo esa Eucaristía. Si nuestro espíritu eucarístico no nos lleva a esa donación personal y comunitaria, ahí se anonadamiento total en favor de la misión, como lo hizo Nuestra Madre, no sería nuestro espíritu eucarístico, según yo.

ESPÍRITU MARIANO

He aquí la esclava del Señor

126. Hablando del espíritu mariano, y apenas dije “mariano”, y estoy segura que a todos se nos conmovieron las entrañas, ¿sí o no? Hablando del espíritu mariano en Nuestra Madre, yo me atrevo a concretizarlo, así como concreticé el espíritu eucarístico, me atrevo a concretizar en Nuestra Madre ese amor… ¿Qué diré? Ese amor incondicional, ese amor irresistible, ese amor dulce Isima que todos intuimos en sus escritos y demás, esa entrega incondicional a la madre santísima, esa compañía constante y perenne, y yo me atrevería a concretizar la en estas palabras: “he aquí la sierva del Señor, hágase en mí según tu voluntad.” (Lc 1,38)

127. Recordemos el escrito de Nuestra Madre, “María es mi madre”: “ella me cuido desde pequeñita”, “ella me condujo”, “ella me sigue cuidando”, ella… En fin, todo esto lo cantamos, lo sabemos y lo leemos. Detengámonos ahora de acuerdo a nuestro propósito de ser pan partido para los demás. En nuestro espíritu mariano que no fue otro que el de María Inés y ni podemos tener otro espíritu mariano que no sea este y si no es este, no es espíritu mariano de nuestra congregación: “he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según su palabra”, fíat voluntad tua. Sólo con esto nos vamos a quedar.

128. Veamos a Nuestra Madre, ¿fue otro su espíritu mariano? Sí, ciertamente fue de mucha ternura con la madre santísima, de muchas delicadezas, de mucha intimidad, pero concretizado y plastificado siempre en “hágase tu voluntad”. Busquémosla, leamos sus escritos sobre la Virgen y no es otra, no es otra su esencia Mariana. ¿Por qué me atrevo a decir esto? Porque para Nuestra Madre el cumplimiento de la voluntad de Dios era todo. Era su búsqueda por esencia misionera, porque Él lo quería, porque Él la obligaba hasta cierto punto.

129. He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según su palabra”. “Porque ha mirado la humildad de su sierva” (Lc 1,48). Ese es el espíritu mariano de la Misionera Clarisa, del Misionero de Cristo, el sacerdote vanclarista y del vanclarista. No es otro, y si creemos que es otro, no es auténtico espíritu mariano de la familia Inesiana.

ESPÍRITU SACERDOTAL

Oferente de sí mismo, de su propio sacrificio

130. Jesucristo Sacerdote Eterno, Víctima de su propio sacrificio. En nuestro escudo – que está bien el escudo de los Misioneros de Cristo – está sintetizado nuestro espíritu sacerdotal en una lámpara; soy sacerdotisa, soy sacerdote, víctima de mi propio sacrificio… El espíritu sacerdotal de nosotros, y miren, todavía vengo a algo más, Nuestra Madre antes del Concilio Vaticano II hablaba ya del espíritu sacerdotal, de ser sacerdotisas, refiriéndose a la Misionera Clarisa, víctimas de nuestro propio sacrificio. Para mí, fue el Concilio Vaticano II que empezó con la maravillosa doctrina de que todos somos sacerdotes. Nuestra Madre en 1951 ya nos habla de ser sacerdotes, víctimas de nuestro propio sacrificio. Y esto vale para todos los miembros de la familia Inesiana, de manera especial para los sacerdotes.

131. En Hb 9,23 dice: “… era pues necesario que las figuras del santuario celestial fuesen purificadas, pero el santuario mismo del cielo había de serlo con más excelente sacrificio, que no entró Cristo en un santuario hecho por mano de hombre, figura del verdadero, si no en el mismo cielo para comparecer ahora en presencia de Dios a favor nuestro”.

132. Ésa fue la misión de Cristo, el sacrificio sí, pero para poder comparecer delante de su Padre en favor nuestro. No para ofrecerse muchas veces a la manera del sacerdote que entra cada año al santuario ofreciendo sangre ajena, de otra manera sería preciso que pareciera muchas veces desde la creación del mundo. Un solo sacrificio para entrar e interceder en favor nuestro, pero ahora una sola vez, en la plenitud de los siglos se manifestó para destruir el pecado por el sacrificio de sí mismo. Y por cuanto a los hombres les está establecido morir una vez y después de esto el juicio, así también Cristo se ofreció una vez para soportar los pecados de todos, por segunda vez aparecerá sin pecado a los que esperan para recibir la salud (Cf. Hb 9,25-28).

133. Reflexionemos: Cristo, Eterno sacerdote; un solo sacrificio para interceder o para purificar el pecado de toda la humanidad. El sacerdote debe ofrecer sacrificios continuamente. En eso consiste nuestro ser sacerdotal: en ofrecer constantemente el sacrificio “en favor de”. ¿Se acuerdan que vimos eso de ser espacios de salvación para todos los demás? Ese es nuestro espíritu sacerdotal. Debemos pedir por los sacerdotes, como nos lo dejó establecido en Nuestra Madre, y tanta necesidad vemos que hay. Continuamente estamos sabiendo de la grande necesidad que tienen de nuestras oraciones y de nuestro sostén espiritual; esto lo debemos hacer, pero no consiste en eso nuestro espíritu sacerdotal, sino en ser víctimas de nuestro propio sacrificio, de nuestra propia población “en favor de”. Este es el espíritu sacerdotal de toda la Iglesia Y naturalmente de nosotros que tenemos en nuestra espiritualidad el ser eucarístico, marianos, misioneros y sacerdotales, con muchísima mayor razón.

134. En el No. 10 de las Constituciones dice: “en virtud de su espíritu sacerdotal la Misionera Clarisa es oferente de sí misma” – lo mismo tendrán en sus estatutos los Misioneros de Cristo y los vanclaristas– en eso consiste nuestro espíritu sacerdotal. Frente de sí mismo, no de sus sacrificios solamente, sino de sí mismo, de su persona, de su todo, de su mente, de su corazón, de su físico, de su psiquis, de su moral, de su… todo, de sí mismo. De su propio sacrificio, inmolas odioso de su ser como víctima de holocausto en unión con Jesús sacerdote y víctima que se ofreció asimismo por la salvación de todo el mundo. Porque “todos somos sacerdote, es tomado entre los hombres y está puesto en favor de los hombres, en lo que se refiere a Dios para ofrecer dones y sacrificios por los pecados y puede sentir compasión hacia los ignorantes y extraviados por estar también el envuelto en flaqueza” (Cf. Hb.5, 1-2).

135. Desde que ingresa, se ofrece asimismo, como víctima de holocausto. Desde que ingresa, no está esperando que tome el hábito, ni que profese, o que haga su compromiso; desde que ingresa se ofrece asimismo como víctima de holocausto para la santificación del mundo entero.

136. ¿Qué quiere decir “de sí misma”, “de sí mismo”? No quiere decir del sacrificio que estoy haciendo, no quiere decir que no tome el traguito de agua ahorita, sino ser oferente de mi mismo, de mi misma.

137. Comentándoles un día el espíritu sacerdotal a las hermanas de Nigeria se levantó una de ellas y me dijo: “ahora ya le entendí, no es lo que yo hago, la misión que yo hago, ni la catequesis, ni los muchachos, ni los momentos de oración, soy yo misma la misión”.

138. Soy yo mismo el enviado, soy yo mismo la víctima que tiene que consumar su sacrificio constantemente, minuto a minuto, no me pertenezco más, soy yo mismo la ofrenda que he hecho. Si penetráramos en esto, veríamos que se acababan nuestros momentos de egoísmo, Veríamos que se acababan nuestros momentos de sorpresa.

139. Yo digo que cuando alguien se enoja, alguien borbotea o alguien falta a la caridad, son momentos de sorpresa, nos cogió sorprendido, nadie es malo.

140. La Misionera Clarisa, el Misionero de Cristo, y el sacerdote vanclaristas y los vanclaristas hemos sido llamados a seguir a Jesús Maestro y Sacerdote y como Él, a darnos sin reserva por las almas. En esto consiste nuestro ser sacerdotal. ¿Va en relación con lo que vimos de nuestro espíritu eucarístico? Nuestro ser mariano: “he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según su palabra”, ¿va en relación con el propósito que nos estamos haciendo en especial de ser pan partido para todos? ¿Va en relación? Concretizamos entonces nuestro propósito: ser compartido para los demás, en especial para mis hermanas, para mis hermanos. Y lo vimos anteriormente, concretamente en que detalles; estar atentas, Estar atentos para que no nos ganen la sorpresa, ¿por qué?, No es que sean actos malos, son sorpresas que no estuvimos atentos para atacarlas a tiempo.

141. Ser víctima de holocausto, oferente de su propio sacrificio, es quemarse hasta consumirse, hasta las cenizas, no quedando nada de mí, en aras del cumplimiento a la voluntad de Dios. Dios se los pague y perdón por tanto hablar.

María Teresa Botello Uribe

Misionera Clarisa

Superiora General

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